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martes, 25 de junio de 2013

El Viejo Y La Muerte, Samaniego

Viendo la portada de este álbum Led Zeppelin IV  también llamado "El leñador" y  para mi sin ninguna duda el mejor de esta banda, he recordado un poema de Samaniego que seguramente leí en alguna enciclopedia en casa de mi abuelo cuando era muy pequeña y del que quedaron retazos en mi memoria hasta hoy, que ha regresado atravesando el túnel del tiempo y he conseguido reunir todas las piezas.
Aquí os lo dejo, para que podáis conocer un poco de la obra de éste magnífico escritor-filósofo mas conocido por sus fábulas.


El viejo y la muerte

Entre montes, por áspero camino,
tropezando con una y otra peña,
iba un viejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.

Al fin cayó, y viéndose de suerte
que apenas levantarse ya podía,
llamaba con colérica porfía
una, dos y tres veces a la muerte.

Armada de guadaña, en esqueleto
la Parca se le ofrece en aquel punto;
pero el viejo, temiendo ser difunto,
lleno más de temor que de respeto, 
trémulo la decía, y balbuciente:

¡Yo..., señora.., os llamé desesperado;
pero...». Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»
«Que me carguéis la leña solamente.»

Tenga paciencia quien se cree infelice,
que aun en la situación más lamentable
es la vida del hombre siempre amable:
el viejo de la leña nos lo dice.

Félix María Serafín Sánchez de Samaniego Zabala (Laguardia, Álava 1745 – 1801)

jueves, 7 de marzo de 2013

Hastío. Antonio Machado



Hastío
    Pasan las horas de hastío
    por la estancia familiar,
    el amplio cuarto sombrío
    donde yo empecé a soñar.

    Del reloj arrinconado,
    que en la penumbra clarea,
    el tictac acompasado
    odiosamente golpea.

    Dice la monotonía
    del agua clara al caer,
    un día es como otro día;
    hoy es lo mismo que ayer.

    Cae la tarde. El viento agita
    el parque mustio y dorado...
    ¡Qué largamente ha llorado
    toda la fronda marchita!

    António Machado

martes, 26 de febrero de 2013

Del viejo, el consejo

Gracias a mi madre, consumidora voraz de poesía, conozco al poeta.
Aunque su ética pertenece al siglo XIX, y está algo caduca, es para mí uno de los mejores.
                                  Poesía de Gabriel y Galán

DEL VIEJO, EL CONSEJO

Deja la charla, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el sol en el cielo.

Tu hogar tendrás apagado,
y al mozo que habla contigo
le está devorando el trigo
la yunta que ha abandonado.

Mira que está oscureciendo,
que en las riberas lejanas
ya están cantando las ranas,
ya están las aves durmiendo.

Que tocan a la oración,
y hay gentes murmuradoras
cuyos ojos a estas horas
cristales de aumento son.

Y es que los oscureceres
son unas horas menguadas
que han hecho ya desgraciadas
a muchas pobres mujeres.

Mira, muchacha, que ha sido
la tarde muy bochornosa
y va a ser fresca y hermosa
la noche que ha producido.

Mira que son muy contadas
las fuerzas de la memoria:
mira que huelen a gloria
las mieses amontonadas,

y está tu galán delante,
y está tu hermanillo ausente,
y está el amor en creciente
y está la luna en menguante;

y a luz tan débil yo creo
que sola a salir no atinas
del laberinto de hacinas
donde metida te veo.

Tal vez si el mozo me oyera
pensara que esto es perfidia,
creyera que tengo envidia,
que tengo celos dijera,

pues con la venda de amor
no viera que soy un viejo
que solo con un consejo
puedo acercarme a tu honor.

Vete, muchacha, y no quieras
llorar prematuros gozos,
que sé lo que son los mozos
y sé lo que son las eras;

y en tales oscureceres
pláticas tales de amores
dicen los murmuradores
que son de tales mujeres...

y tienen razón, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el sol en el cielo.



viernes, 15 de febrero de 2013

La Tajada



Hoy roza mi mente una poesía muy apta para los tiempos que corren. Aunque fue escrita en el siglo XIX, como veréis toma fuerza en la actualidad.
Se trata de un epigrama de Juan Martínez Villergas  
Varias personas cenaban
con afán desordenado,
y a una tajada miraban
que, habiendo sola quedado,
por cortedad respetaban.
Uno la luz apagó
para atraparla con modos;
su mano al plato llevó,
y halló... las manos de todos,
pero la tajada, no.